lunes, 29 de noviembre de 2010

Cadaver Exquisto con Lu


Una hoja rueda por el piso
Y la tinta negra deja sus trazos
El cielo se nubla cada vez más
Es como una foto.
Tiene miedo de que algo malo pase
Dos piedras juegan con la hierba
Su voz suena tan bien
Sin decir adiós desaparece volando
Necesitaba un gesto de amor
Desvía su rostro, cree que su presencia lo inhibe
La magia recién comienza
El reloj marca su pulso desesperadamente lento
Flota en el aire
Como sonriéndole a la calle
Suenan ruidos a lo lejos.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Ella, El, la espera, el vomito y el pasado envolvente. (Creacion colectiva con Vale)


Mientras los colectivos se llenaban de gente, ella con la cabeza gacha esquivaba las multitudes.  No soportaba el olor de la mañana. Los cafés, las tostadas, el humo de los autos. Ese olor a recién despertarse, ese olor a empezar el día de mala gana, ese olor a lagañas y tostadas. A smog y cloacas, a dentífrico y polución nocturna. Ella caminaba elegantemente, pero ensimismada. Caminaba lentamente, estaba muy preocupada.
Ella, ella, ella. No había otra cosa, no había mas en que pensar. Y mientras el ritmo de la calle se hacía más pesado, ella se sentía lejana, perdida. Miraba, a través de una ventana, a un hombre que preparaba la mesa y estaba a punto de servir sus tallarines con salsa. Estaba en la dulce espera de que alguien llegara para acompañarlo, para cruzar miradas, para compartir el día.
Los tallarines se enfriaban en la mesa. La dulce espera se convertía en agria, se transformaba en acida y transpiraba decepción. El hombre de la ventana esperaba a su hija, pero a eso recién ahora lo sabemos. El kiosquero se lo comentó a no sé quien dos días después. “Nunca me hubiera imaginado”, dijo. “El pobre hombre... tan solo él, que tuviera todo ese pasado por atrás...no...Nunca lo hubiera imaginado.”
El hombre, en realidad, tenía un pasado que buscaba una puerta para salir a otro mundo y olvidarse por un momento. Pero no puede por razones técnicas y se queda, permanece intacto en ese cuerpo que desvaría, que, sentado en su sillón, mira el reloj de pared, con ganas de creer que el tiempo esta nulo. Es ahí, cuando llaman a la puerta.
Entonces, abriendo los ojos de repente, mirando de reojo su reloj, Ella se tiraba de rodillas al piso y vomitaba en el cordón de la vereda. Un señor de anteojos se agachaba a ayudarla. Ella le gruñía un gesto depreciable. No entendía bien porque, pero hacia días que no toleraba contacto humano. Esto de las nauseas la tenia peleada con el mundo. Con todos. Con ella.
El kiosquero la observaba desde su puestito y comentaba algo a una vieja llena de bolsas. La vieja era de esa gente que habla hasta cuando no tiene tema de conversación.
A Ella, el contacto humano la persigue, la acorrala, intenta meterse de algún modo en su alma, de entrometerse. Ella se levanta, sin cambiar gesto alguno y con golpes de por medio continua su camino sin observar nada ni a nadie, ya pronto habrá olvidado a aquel hombre aquel que de manera extraña le recordó viejos tiempos.
El se levantó de su silla. Miró los fideos ya fríos y suspiró.
Ella dió vuelta su rostro, observó el cartel, N3 decía, y subió a su colectivo. Sonrió falsamente al chofer, y se perdió en la humareda del boulevard.
Durmió en el largo viaje a su casa, despidiéndose de momentos incómodos, de rutina diaria. Descendió luego de 40 minutos y se abrió paso una puerta, donde se sumergió fría y lentamente, mientras su alma intentaba desvanecerse en el aire tibio y mecedor de la tarde.